Cuando una idea te secuestra

Ovidio y Policleto en escena durante La Voz Poderosa

Hay ideas que no piden permiso

A mí lo que me sucede es como una obsesión que me atrapa y no me deja en paz.

Puede comenzar con una idea, con un recuerdo, con un personaje que me impacta. No me sucede que decida escribir algo así nada más.

La idea me secuestra.

Quizá por eso me resulte tan difícil decir dónde comienza exactamente una obra.

Puede haber un libro. Una imagen. Un recuerdo. Algo que me hace reír. Una pregunta que aparece mientras leo y que, en lugar de desaparecer cuando cierro el libro, continúa dando vueltas dentro de mí.

Hasta que llega un momento en que ya no puedo dejarla ahí.

Tengo que hacer algo con ella.

Con las ropas del pasado

Me ha ocurrido muchas veces leyendo a los clásicos.

Con Ovidio y Boccaccio, por ejemplo, la chispa creativa saltó mientras leía sus textos. De repente, algunas preguntas y emociones comenzaron a encenderse dentro de mí.

Y también las carcajadas.

Me divertía pensar cómo, hace tantos siglos, podían escribir sobre cosas que todavía hoy serían capaces de sacarle los colores a cualquiera.

Tal vez por eso nunca he sentido los clásicos como algo distante.

Pertenecen a otros tiempos, a otras costumbres, a otras maneras de entender el mundo. Pero cuando entro en sus historias encuentro deseos, contradicciones, conflictos y comportamientos que sigo reconociendo.

Y entonces empiezo a ver.

Las escenas con las ropas del pasado, pero con el corazón del presente.

Ahí es donde algo empieza a convertirse en teatro.

Porque no me interesa llevar un clásico al escenario solamente para reconstruir el mundo del que procede.

Me interesa descubrir qué sucede cuando ese mundo se encuentra con el nuestro.

Algo había quedado pendiente con Ovidio

Ovidio llevaba tiempo acompañándome.

De ese encuentro habían nacido Amar es un Arte, Antídotos de Amor y Leyenda Órfica.

Pero después de aquellas obras me quedó una sensación.

Sentía que todavía le debía algo más al autor.

Había trabajado con sus historias, sus mitos, sus personajes. Esta vez quería acercarme más a él.

Al hombre.

A sus conflictos.

A sus decisiones.

Y, sobre todo, a sus transformaciones.

No quería hablar solamente de las metamorfosis que Ovidio había contado. Me interesaban también las que él mismo había experimentado a lo largo de su vida.

El hombre que eligió la poesía.

El poeta que encontró una voz.

Y el hombre que terminó escribiendo lejos de Roma.

De ahí comenzó a surgir La Voz Poderosa.

Pero tener una idea no significa todavía tener una obra.

Había que encontrar la manera de ponerla sobre el escenario.

Dos actores. Tres presencias.

Imaginé una obra con solamente dos actores.

Bueno, dos actores…

y tres presencias.

Ovidio.

Policleto.

Y La Voz.

Policleto había sido esclavo, pero ya era liberto. Podía marcharse. Sin embargo, por decisión propia y porque ama a Ovidio, permanece a su lado.

Y después está La Voz.

Esa tercera presencia me permitía llevar al escenario algo que de otra manera podía permanecer solamente en el interior de Ovidio.

La Voz podía intervenir.

Podía hacerse escuchar.

Podía relacionarse con ellos.

Y entre los tres la obra podía pasar del drama a la comedia y de la comedia nuevamente al drama. Me interesaba ese movimiento porque la risa también puede abrir un espacio para la reflexión.

Ovidio de pie junto a Policleto agachado en una escena de La Voz Poderosa

Ya tenía a los personajes.

Ya empezaba a ver la obra.

Ahora tenía que conseguir que aquello que estaba viendo dentro de mi cabeza pudiera verlo también el espectador.

Una idea necesita un lenguaje

Ahí comienza para mí otra parte de la creación.

Puedo saber qué quiero contar. Puedo imaginar una escena con enorme claridad. Pero el espectador no puede entrar en mi cabeza.

Tengo que encontrar una forma de hacer visible esa idea.

En La Voz Poderosa quería trabajar con la identidad, con el poder de la voz y con la manera en que construimos aquello que mostramos de nosotros mismos.

Y para hacerlo necesitaba que dialogaran tres elementos:

la palabra, el cuerpo y la tecnología.

Entonces cada decisión empieza a importar.

El espacio deja de ser solamente el lugar donde están los actores.

La luz deja de servir únicamente para iluminarlos.

El vestuario no está solo para decirnos en qué época nos encontramos.

El cuerpo tampoco está ahí simplemente para llevar un texto de un lado a otro del escenario.

Todo puede contar.

El escenario también habla

Quería una puesta en escena minimalista, pero con fuerza.

No necesitaba reproducir cada lugar de manera literal. Me interesaba que el espacio pudiera sugerir, transformarse y permitir que convivieran lo físico y lo virtual.

Ahí el cuerpo, la voz y las imágenes empiezan a completar aquello que el espacio no necesita explicar.

Eso es algo que me fascina del teatro.

No siempre hay que mostrarlo todo.

Una distancia entre dos actores puede contar una relación.

Un silencio puede decir algo que ninguna frase conseguiría explicar de la misma manera.

Una imagen puede cambiar nuestra percepción de un personaje.

Y una luz puede transformar por completo aquello que creíamos estar viendo.

La luz no está solamente para iluminar

En La Voz Poderosa quería que la iluminación formara parte de la narración.

Que acompañara las emociones y las transformaciones de los personajes.

Que pudiera cambiar una atmósfera, dirigir nuestra mirada, acercarnos a alguien o alejarnos de él.

Porque en el escenario la luz no sirve solamente para ver.

También puede decirnos cómo mirar.

Puede mostrar.

Puede ocultar.

Puede crear intimidad.

Puede exponer.

Y eso estaba directamente relacionado con algo que me interesaba explorar en la obra: la tensión entre lo íntimo y lo expuesto.

Aquello que somos.

Aquello que mostramos.

Y aquello que decidimos que los demás vean.

Vestirse también puede ser contar

Con el vestuario me ocurría algo parecido.

No quería que su única función fuera reconstruir una época.

También podía hablar de las diferentes capas de un personaje y de la manera en que se presenta ante los demás.

Porque vestirse también es construir una imagen.

Elegimos qué mostramos.

Qué escondemos.

Qué queremos que otros vean.

De esa manera, el vestuario dejaba de ser simplemente algo que llevaban los actores y comenzaba a hablar del mismo asunto que atravesaba la obra:

la identidad.

Conseguir que todo hable el mismo idioma

Cuando una obra empieza a tomar forma hay muchas decisiones ocurriendo al mismo tiempo.

El espacio.

La luz.

El vestuario.

El cuerpo.

La voz.

La imagen.

La tecnología.

Pero yo no quiero que el espectador las perciba como elementos independientes.

Necesito que se encuentren.

En La Voz Poderosa había dos tensiones que me acompañaban constantemente:

lo íntimo y lo expuesto.

lo real y lo virtual.

Todo tenía que conversar con ellas.

Quizá dirigir tenga también mucho que ver con eso: conseguir que muchas decisiones distintas terminen hablando el mismo idioma.

Que la luz no cuente una obra diferente del cuerpo que ilumina.

Que el vestuario no contradiga aquello que el personaje necesita expresar.

Que el espacio, la palabra y la imagen formen parte de una misma pregunta.

Y poco a poco, aquello que un día solamente existía dentro de mi cabeza empieza a tener cuerpo fuera de ella.

Hasta que llega el público

Y entonces llega el público.

Para mí hay algo muy especial en ese momento.

Una obra que comenzó de una manera tan íntima —con una lectura, una emoción, una pregunta que no me dejaba tranquila— lleva ya mucho tiempo pasando por otras manos, otros cuerpos y otras miradas.

Y de pronto alguien se sienta frente al escenario.

Mira.

Escucha.

Se ríe.

Se incomoda.

Reconoce algo.

O encuentra algo que quizá yo ni siquiera había imaginado.

A partir de ese momento la obra ya está ocurriendo también dentro de otra persona.

Y eso significa que puede volver a transformarse. Quizá también por eso llega un momento en que me pregunto cuánto de una obra sigue perteneciendo a quien la creó.

Todo puede empezar con algo que insiste

No sé si existe una única manera de comenzar una obra.

En mi caso puede ser un personaje.

Una imagen.

Un recuerdo.

Una lectura.

Una pregunta.

Incluso una carcajada provocada por alguien que escribió hace dos mil años.

Después vendrán las palabras, los cuerpos, el espacio, la luz, el vestuario.

Vendrán las decisiones.

Habrá cosas que se quedarán y otras que desaparecerán por el camino.

Pero antes de todo eso suele haber algo mucho más pequeño.

Algo que insiste.

Que regresa.

Que no me deja tranquila.

Hasta que llega un momento en que ya no puedo ignorarlo.

La idea me secuestra.

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