Hay voces que no dejan de insistir
Hay momentos en los que parece que el camino ya está trazado.
Sabemos lo que se espera de nosotros. Lo que parece razonable. Lo que probablemente deberíamos hacer.
Y, sin embargo, hay otra voz.
A veces apenas se escucha. Otras veces intentamos ignorarla. Podemos llamarla vocación, intuición, deseo, inspiración. El nombre quizá sea lo de menos.
Lo difícil empieza cuando esa voz señala en una dirección distinta.
Porque escucharla no significa saber qué va a ocurrir después. Tampoco garantiza que el camino sea sencillo. A veces, incluso, seguirla tiene un precio.
Hace más de dos mil años, un joven romano tuvo que elegir entre la vida para la que había sido preparado y aquello que parecía empeñado en ser.
Su nombre era Publio Ovidio Nasón.
Y quizá esa elección sea una de las razones por las que todavía vale la pena volver a él.
El camino que parecía estar escrito
Publio Ovidio Nasón nació en el año 43 a. C., en Sulmona.
Su educación lo había preparado para una vida muy distinta de aquella por la que terminaría siendo recordado. Había recibido una formación orientada hacia la vida pública.
Era un camino respetable. También era un camino reconocible.
Pero Ovidio quería escribir.
Muy joven comenzó a frecuentar los círculos literarios de Roma. Y poco a poco la poesía fue ocupando el lugar que parecía reservado para otra vida.
Visto desde la distancia de más de dos mil años, puede parecer simplemente una decisión biográfica: un hombre descubre que prefiere una profesión a otra.
Pero quizá ahí haya algo más.
Porque elegir una vocación no consiste únicamente en descubrir aquello que nos gusta hacer.
A veces significa apartarnos del camino que parecía más seguro. Del que otros habían pensado para nosotros. Incluso del que nosotros mismos creíamos que íbamos a recorrer.
Ovidio eligió la poesía.
Y aquella elección no consistiría solamente en escribir versos.
También tendría que decidir qué quería decir con ellos.
Escribir sobre lo que no convenía
Elegir la poesía fue solo el principio.
Ovidio también eligió escribir sobre el amor, el deseo y las contradicciones de las relaciones humanas.
Y lo hizo en una Roma que estaba cambiando.
Después de décadas de conflictos civiles, Augusto impulsaba un nuevo orden en el que el matrimonio, la familia y determinadas normas sobre la vida privada adquirieron una importancia especial.
En ese contexto, la poesía amorosa de Ovidio podía resultar incómoda.
En Amores aparecen el deseo, los celos, la infidelidad y las estrategias de seducción.
Y en Arte de amar, Ovidio fue todavía más lejos.
Convirtió el amor y la seducción en materia de enseñanza.
Escribió sobre cómo conquistar, cómo mantener una relación, cómo moverse por ese territorio incierto en el que el deseo no siempre se comporta como se espera de nosotros.
No necesitamos imaginar a Ovidio como un rebelde moderno.
Probablemente sería injusto hacerlo.
Escribía desde su tiempo, con sus códigos y sus contradicciones. Pero dentro de aquel mundo eligió mirar hacia lugares que no siempre resultaban cómodos y convertirlos en poesía.
Ovidio no eligió solamente escribir. Eligió también sobre qué escribir.
Y quizá ahí aparece otra dimensión de aquella voz que había decidido escuchar.
Porque encontrar una voz propia no significa únicamente elegir aquello a lo que queremos dedicarnos.
También significa descubrir qué estamos dispuestos a decir cuando por fin tenemos una voz con la que hacerlo.
Cuando la voz tiene un precio
Durante años, Ovidio disfrutó del reconocimiento que había alcanzado como poeta.
Hasta que, en el año 8 d. C., su vida cambió.
Augusto ordenó que fuera enviado a Tomis, junto al mar Negro, lejos de Roma.
Ovidio tuvo que marcharse.
Las razones exactas de aquella decisión siguen sin estar completamente claras.
El propio poeta resumió la causa de su desgracia en dos palabras que atravesarían los siglos:
carmen et error.
Un poema y un error.
El poema era Arte de amar, escrito años antes y difícil de conciliar con el proyecto moral que Augusto trataba de impulsar en Roma.
Sobre aquel “error”, en cambio, Ovidio nunca dejó una explicación que permita saber con certeza qué había ocurrido.
Y más de dos mil años después seguimos sin saberlo.
Por eso sería demasiado sencillo afirmar que Ovidio fue expulsado de Roma únicamente por aquello que había escrito.
Hay, además, una precisión histórica importante.
Lo que Augusto impuso a Ovidio fue una relegatio. No perdió la ciudadanía romana ni sus bienes.
Pero tuvo que abandonar Roma y vivir en Tomis.
La precisión jurídica cambia el nombre de la pena.
No cambia lo que significó para aquel hombre estar lejos de su ciudad y de la vida que había construido.
Desde allí siguió escribiendo.
Ya no era el mismo poeta que había enseñado los juegos del amor.
En Tristia y en las cartas que escribió desde el Ponto aparecen una y otra vez la distancia, la pérdida y el deseo de regresar.
No consiguió volver.
Ovidio murió lejos de Roma.

Y entonces aquella voz que había comenzado siendo una elección adquiere otro significado.
Porque escuchar la propia voz no siempre conduce al lugar que imaginábamos.
A veces abre una puerta.
A veces obliga a renunciar a otra.
Y a veces tiene un precio.
Dos mil años después
Han pasado más de dos mil años.
No vivimos en la Roma de Augusto. No tenemos delante las mismas leyes, las mismas costumbres ni las mismas consecuencias.
Y sería demasiado fácil mirar la historia de Ovidio desde nuestro tiempo y convertirla en una lección sobre la libertad, la rebeldía o la necesidad de perseguir nuestros sueños.
Quizá no necesitemos hacerlo.
Porque hay algo más sencillo —y también más humano— que todavía podemos reconocer.
La tensión entre lo que se espera de nosotros y aquello que sentimos que debemos hacer.
Entre el camino que parece razonable y ese otro que, por alguna razón, continúa llamándonos.
A veces esa tensión aparece al elegir una profesión.
Otras, cuando decidimos qué queremos crear, qué estamos dispuestos a decir o hasta dónde queremos defender aquello en lo que creemos.
No siempre seguir esa voz significa enfrentarse a alguien.
Ni hacerlo garantiza que tengamos razón.
La voz propia también puede equivocarse.
Puede conducirnos a lugares que no habíamos previsto.
Puede obligarnos a revisar nuestras decisiones.
Y puede hacernos asumir sus consecuencias.
Quizá por eso la historia de Ovidio no necesita convertirse en una moraleja.
Podemos simplemente volver a ella y reconocer una pregunta que todavía no hemos terminado de responder:
¿Qué hacemos cuando la vida que parece estar trazada para nosotros no coincide con aquella que sentimos que debemos vivir?
Ovidio respondió a esa pregunta a su manera.
Eligió la poesía.
Eligió también sobre qué escribir.
Y vivió las consecuencias de una vida que no puede reducirse a una sola explicación.
Más de dos mil años después seguimos leyendo sus poemas, discutiendo sus decisiones y tratando de comprender al hombre que hubo detrás de ellos.
Quizá la distancia no haya hecho desaparecer la pregunta.
Quizá solo la haya acercado hasta nosotros.
De esa pregunta nace La Voz Poderosa
Cuando Marta Bernarda comenzó a trabajar con los textos de Ovidio encontró otra posible respuesta.
No estaba solamente en el poeta que eligió escribir ni en el hombre que terminó lejos de Roma.
Estaba también en algo que atraviesa su obra: la transformación.
Marta lo explica así:
“Desde que leí a Ovidio sentí que sería inolvidable porque con sus textos comprendió —y se ha demostrado con el tiempo— que somos seres hechos de cambio. Eso es lo que nos ha permitido sobrevivir. Mutar nuestra identidad ha sido la única forma de sobrevivir.”
En Metamorfosis, el cambio está en todas partes.
Los cuerpos se transforman. Las identidades cambian. Aquello que parecía estable adopta otra forma.
Pero quizá la transformación más interesante para nosotros no sea solamente la que ocurre en los mitos.
También está el propio Ovidio.
El joven preparado para otra vida que eligió la poesía.
El poeta que decidió también sobre qué quería escribir.
El hombre celebrado en Roma que terminó escribiendo lejos de ella.
Ovidio tuvo que convertirse, más de una vez, en alguien distinto de quien había sido.
Y ahí la idea de la voz interior adquiere una nueva dimensión.
Porque escuchar esa voz puede llevarnos a elegir.
Elegir puede llevarnos a expresarnos.
Expresarnos puede tener consecuencias.
Y sobrevivir a lo que viene después puede exigir transformarnos.
Ese encuentro entre la voz que insiste y la necesidad de transformarse está en el origen de La Voz Poderosa.
La obra recorre distintos territorios de Ovidio —Metamorfosis, Arte de amar, Remedios del amor, Cosmética del rostro femenino y Heroidas— y encuentra detrás de ellos a un hombre dividido entre la vida que parecía esperarlo y aquella otra que su propia voz le pedía seguir. Esa tensión forma parte de la concepción de la propia obra.
Por eso llevar a Ovidio al escenario no significa solamente regresar a Roma.
Ni reconstruir un mundo desaparecido.
Significa volver a encontrarnos con alguien que tuvo que elegir, asumir las consecuencias de sus elecciones y transformarse cuando la vida dejó de parecerse a aquello que había imaginado.
Quizá ahí se encuentre una de las razones por las que Ovidio todavía puede hablarnos.

Escuchar no significa saber
Escuchar la propia voz no significa saber adónde nos llevará.
Ovidio tampoco podía saberlo.
Elegir la poesía no le permitió conocer de antemano las consecuencias de aquello que escribiría. Ni imaginar todos los lugares a los que esa elección terminaría conduciéndolo.
Quizá escuchar una voz interior nunca haya significado tener todas las respuestas.
Tal vez signifique algo mucho más incierto: reconocerla cuando aparece y decidir qué hacemos con ella.
A veces nos llevará a elegir.
A veces tendremos que asumir el precio de esa elección.
Y otras, cuando aquello que éramos ya no sea suficiente para continuar, tendremos que transformarnos.
No para dejar de ser quienes somos.
Quizá para poder seguir siéndolo de otra manera.
Ovidio escribió hace más de dos mil años.
Seguimos leyéndolo.
Seguimos representándolo.
Seguimos haciéndole preguntas.
Y quizá esa sea la mejor respuesta que podemos dar:
¿Por qué ese Ovidio sigue importándonos?
Fuentes y lecturas
Ovidio. Amores. Arte de amar. Madrid: Cátedra, Letras Universales, 2009.
Ovidio. Metamorfosis.
Ovidio. Tristia.
Williams, Gareth. “Ovid’s Exile Poetry”. En Philip Hardie (ed.), The Cambridge Companion to Ovid. Cambridge: Cambridge University Press, 2002, pp. 233–246.
Ziogas, Ioannis. Law and Love in Ovid: Courting Justice in the Age of Augustus. Oxford: Oxford University Press, 2021.
von Glinski, Marie Louise. Simile and Identity in Ovid’s Metamorphoses. Cambridge: Cambridge University Press, 2012.



