Imagino una casa.
Una casa que has pensado desde el principio. Has dibujado sus planos, has decidido cómo se construye y, después de mucho trabajo, finalmente existe.
La casa es tuya.
Tienes los planos. Tienes la escritura.
Pero un día otras personas empiezan a vivir en ella.
La habitan, recorren sus habitaciones, colocan algunas cosas en lugares que quizá tú no habías imaginado. Con el tiempo pueden llegar incluso a sentirla como propia.
Y probablemente esté bien que sea así.
Pero hay una pregunta que me hago desde hace mucho tiempo:
¿porque alguien habite una casa deja de pertenecer a quien la construyó?
Con una obra de teatro me ocurre algo parecido.
Nunca he sentido que deje de ser mía
Cuando una obra empieza a crecer aparecen muchas personas.
Llegan los actores. Cada uno empieza a descubrir a su personaje, a entenderlo y, poco a poco, a hacerlo suyo.
Y me gusta que ocurra.
Un actor puede incorporar a un personaje experiencias de su propia vida. Puede encontrar gestos, emociones o maneras de decir determinadas cosas que yo quizá no había imaginado exactamente así.
En algún momento empieza a sentir que ese personaje también le pertenece.
Pero una cosa es hacer suyo un personaje y otra muy diferente es que yo deje de sentir que la obra es mía.
Nunca me ha ocurrido.
Nunca he sentido que una obra deje de ser mía para pasar a formar parte del colectivo.
Quizá suene demasiado rotundo.
Pero es así como lo siento.
¿Es egoísmo?
Me lo he preguntado.
Y no solamente ahora que alguien me hace la pregunta.
He pensado bastante en ello.
Porque cuando uno habla de propiedad sobre algo que también necesita del trabajo de muchas otras personas, inevitablemente aparece una palabra incómoda:
egoísmo.
¿Hay egoísmo en seguir diciendo esta obra es mía cuando hay actores, directores, vestuaristas y muchas otras personas que han trabajado para que pueda existir sobre un escenario?
Yo he llegado a la conclusión de que no.
Para mí, el egoísmo supone buscar un beneficio propio a costa de los demás.
Y eso no es lo que intento hacer.
Cuando me siento con un actor y trabajamos sobre una propuesta, quiero que todos salgamos beneficiados.
Quiero que el actor pueda brillar.
Quiero darle un personaje suficientemente rico como para que pueda hacerlo suyo, disfrutarlo y encontrar dentro de él cosas que quizá pertenecen también a su propia experiencia.
Eso no me parece egoísmo.
Más bien me parece una forma de generosidad.
Aunque seguramente ahora alguien podrá ponerle otro adjetivo.
Rigor y amor por mi criatura
Creo que lo que hay detrás es otra cosa.
Rigor y amor por mi criatura.
Cuando has convivido durante tanto tiempo con una obra, cuando has construido sus personajes y sabes por qué dicen lo que dicen, resulta difícil mirar hacia otro lado cuando algo empieza a alejarse demasiado de aquello que imaginaste.
Con los actores me ocurre.
Acepto propuestas.
Acepto mejoras.
Incluso hay cosas que pueden aparecer durante el trabajo y enriquecer lo que estaba escrito.
Pero tengo muy clara la psicología de los personajes que escribo.
Y cuando un cambio empieza a desviarlos de esa psicología o siento que traiciona el espíritu del clásico del que he partido, intervengo.
Hay cosas en las que puedo ceder.
Y otras en las que no.
Supongo que también eso forma parte de cuidar una obra.
Las noches en vela también forman parte de la autoría
Porque antes de que alguien pueda habitar esa casa, alguien tuvo que construirla.
Detrás de una obra hay horas que nadie verá.
En mi caso ha habido noches frente a textos escritos hace siglos intentando comprender a Ovidio, a Boccaccio y a los personajes que dejaron detrás.
Hay preguntas.
Hay páginas.
Hay decisiones.
Hay cosas que funcionan y otras que terminan desapareciendo.
Cuando después veo la obra sobre el escenario y escucho a un actor decir palabras que nacieron de todo ese recorrido, no puedo separar completamente lo que estoy viendo de aquellas noches.
No porque quiera impedir que otros formen parte de la obra.
Todo lo contrario.
El teatro necesita de ellos para existir.
Pero quizá precisamente porque conozco todo lo que ocurrió antes de que llegaran, sigo sintiendo la responsabilidad de cuidar aquello que nació durante ese proceso.
Y también el derecho de decir:
Esta obra es mía.
El problema es que me gusta controlar hasta los milímetros
Ahora bien.
También tengo que reconocer otra cosa.
Mi tendencia natural es a controlar.
Mucho.
Intento manejarlo con cierta mano izquierda, pero si dependiera solamente de mi primer impulso probablemente controlaría hasta las pausas y los milímetros que un actor se mueve sobre el escenario.
Sí.
Los milímetros.
No estoy diciendo que sea necesariamente una virtud.
Los actores también traen cosas.
Proponen, prueban, descubren posibilidades que aparecen cuando el personaje deja el papel y entra en un cuerpo.
Y algunas de esas cosas mejoran la obra.
Así que, de vez en cuando, dejo que pongan algo de su cosecha.
No mucho.
Pero algo.
Una obra también necesita a los demás
Hay una contradicción que he aprendido a aceptar.
Puedo sentir profundamente que una obra es mía y, al mismo tiempo, saber que no puedo hacerla sola.
Puedo escribir un personaje, imaginarlo durante meses y conocer cada una de sus intenciones.
Pero llegará un momento en que alguien tendrá que prestarle un cuerpo.
Una voz.
Una manera de caminar.

Y entonces ocurrirán cosas que solamente pueden aparecer cuando otra persona entra en la habitación.
Eso no borra lo que había antes.
Lo transforma en algo que puede suceder delante del público.
Quizá ahí esté una de las particularidades del teatro.
Una obra puede nacer de una mirada muy personal, pero necesita muchas otras manos para terminar de vivir.
Dejar que otros habiten la casa
Y entonces regreso a aquella casa.
Sigo teniendo los planos.
Sigo teniendo la escritura.
Sigo reconociendo cada habitación y recordando por qué decidí colocar una puerta exactamente en ese lugar.
Pero ahora hay otras personas dentro.
La recorren.
La conocen.
La disfrutan.
Quizá alguna cambie de sitio una silla.
Otra abra una ventana que yo no había pensado abrir en ese momento.
Y alguna terminará queriendo una de sus habitaciones como si siempre hubiera sido suya.
Creo que una obra puede permitir todo eso.
Puede dejar que otros la habiten sin dejar de conservar la mirada de quien la imaginó.
Tal vez crear también tenga algo de eso.
Construir algo que sientes profundamente tuyo…
y después permitir a otros que puedan abrir la puerta.



