Lo que ocurre antes de que se abra el telón

Actores durante una sesión de trabajo de sala con Marta Bernarda

Para el público, una obra comienza cuando se apagan las luces de la sala. 

Las conversaciones se van apagando también. Alguien termina de acomodarse en su butaca. Durante unos segundos aparece ese silencio extraño que se produce cuando muchas personas están esperando que ocurra algo. 

Así comienza la función. 

O, al menos, eso es lo que parece. 

Porque para cuando llega ese momento, quienes estamos detrás del escenario ya hemos sobrevivido a un auténtico viaje de Ulises. 

A veces pienso que el teatro consiste, entre otras muchas cosas, en conseguir que algo extremadamente difícil parezca natural. Que el público vea una historia desarrollarse delante de sus ojos sin imaginar demasiado el caos maravilloso que ha sido necesario ordenar para que eso suceda. 

Pero para contar esa historia habría que regresar mucho más atrás. 

Mucho antes de que se abra el telón. 

Antes de la obra está la obsesión 

A mí no me sucede que un día decida: voy a escribir una obra sobre esto. 

No funciona así. 

Normalmente es algo más parecido a una obsesión que me atrapa y no me deja en paz. 

Puede comenzar con una idea, con un recuerdo, con un personaje que me impacta. De repente hay algo que empieza a dar vueltas dentro de mi cabeza hasta que termina secuestrándome. 

Con Ovidio y Boccaccio, por ejemplo, la chispa apareció mientras leía sus textos. 

Comenzaron a surgir preguntas, emociones, situaciones. Y poco a poco empecé a ver las escenas. 

Las veía con las ropas del pasado, pero con el corazón del presente. 

Y también me reía. 

Porque hay que leer algunas de las cosas que fueron capaces de escribir hace tantos siglos. Situaciones que todavía hoy podrían sacarle los colores a cualquiera. 

En algún momento esa mezcla de curiosidad, emoción, preguntas e imágenes comienza a convertirse en otra cosa. 

Empieza a gestarse una obra. 

Aunque todavía falte muchísimo para que alguien pueda verla. 

Lo que termina en la basura también forma parte de la obra 

Después vienen las páginas. 

Muchas páginas. 

En alguna ocasión he escrito más de trescientas que terminaron en la basura. 

Escenas completas que desaparecen. Noches de insomnio. Monólogos que me parecen imprescindibles hasta que descubro —o alguien consigue convencerme— de que son demasiado largos. 

Y también hay peleas. 

Conmigo misma. 

Con el director. 

Con el texto. 

Y esos momentos de pánico absoluto en los que miro todo lo que llevo escrito y pienso: 

Esto es una porquería. 

Supongo que también eso forma parte del proceso. 

Porque para mí una obra comienza a estar viva desde el momento en que aparecen los primeros bocetos. 

Incluso las páginas que terminan en la basura han formado parte de su gestación. 

Hay obras que se han quedado durante mucho tiempo en bocetos. Algunas que no he terminado de escribir. Pero eso no significa necesariamente que hayan dejado de estar vivas. 

A veces el proceso de gestación simplemente necesita más tiempo. 

Y entonces llegan los actores 

Hasta ese momento una parte importante de la obra ha vivido dentro de mi cabeza y sobre el papel. 

Pero llegan los actores. 

Y todo cambia. 

Comienza el trabajo de mesa, aunque algunas veces sería más preciso llamarlo terapia de grupo. 

Porque para entender a un personaje no basta siempre con leer sus palabras. 

Los actores empiezan a buscar dentro de sus propias experiencias. Aparecen sus historias, sus rupturas amorosas, sus celos, sus miedos, sus complejos. 

Y de repente estás intentando comprender los celos de un personaje de Boccaccio o la crisis de identidad de Ovidio mientras alguien, sentado alrededor de una mesa, habla de algo que le ocurrió muchos años después de que esos textos fueran escritos. 

A veces hay incluso lágrimas. 

Es curioso cómo una historia que ha atravesado siglos puede terminar encontrándose con la vida de una persona que está sentada frente a ti. 

Y, por supuesto, los actores también empiezan a hacer suyo el personaje. 

Proponen. 

Prueban. 

Cambian cosas. 

Tengo que confesar que con eso soy bastante celosa. 

Acepto mejoras, claro. Pero normalmente tengo muy clara la psicología del personaje que he escrito. Si un cambio hace que se desvíe o siento que traiciona el espíritu del clásico, intervengo. 

Hay cosas en las que puedo ceder. 

Y otras en las que no. 

Hay que aprender hasta a sentarse 

Después el personaje tiene que empezar a tener cuerpo. 

Y entonces aparecen problemas que sobre el papel ni siquiera existían. 

El vestuario, por ejemplo. 

Un actor puede pasar semanas ensayando con elementos provisionales: una falda pesada, un calzado incómodo, una capa rígida. 

Hay que aprender a caminar con ellos. 

A respirar. 

A sentarse. 

A levantarse. 

Parece una tontería hasta que intentas hacerlo sobre un escenario sin parecer un robot. 

Y poco a poco sucede algo. 

El texto que estaba sobre una mesa comienza a ocupar un espacio. 

Los personajes empiezan a moverse. 

La obra empieza a respirar de otra manera. 

Montaje de una producción teatral en un escenario antes de la función
Montaje de Amar es un Arte, Nuevo Teatro Silvia Pinal, Ciudad de México, octubre 2016. Archivo de Marta Bernarda.

El caos que nadie debe notar 

Y finalmente llega ese momento en que todo tiene que funcionar al mismo tiempo. 

Mientras el público mira hacia el escenario, detrás pueden estar ocurriendo cosas bastante menos elegantes. 

Puede haber un equipo de vestuaristas sudando frío en la oscuridad mientras ayuda a un actor a quitarse un corsé, ponerse unas mallas y colocar tres accesorios diferentes. 

Todo en cuarenta y cinco segundos. 

Cuarenta y cinco. 

Porque el actor tiene que volver a entrar en escena. 

También puede ocurrir que un chiste que hace reír a toda la sala no estuviera originalmente en el texto. 

Quizá nació porque a un actor se le olvidó una línea y tuvo que improvisar algo para salvar el momento. 

El público se ríe. 

La obra continúa. 

Y nadie tiene por qué saber lo que acaba de ocurrir. 

Ese es parte del milagro. 

Conseguir poner orden en meses de caos, sudor, dudas y también algunos duelos de ego para que, durante noventa minutos, todo parezca sencillo. 

Cuando al final el público aplaude, está aplaudiendo la historia que acaba de ver. 

Pero de alguna manera está aplaudiendo también todo aquello que nunca vio. 

Las páginas que terminaron en la basura. 

Las noches sin dormir. 

Las conversaciones alrededor de una mesa. 

Las escenas que no funcionaban. 

Los pasos repetidos. 

Los cambios de vestuario en la oscuridad. 

Las equivocaciones. 

Las soluciones encontradas en el último momento. 

Todo eso también está sobre el escenario. 

Aunque no se vea. 

Y ahora sí: se abre el telón 

Después de todo ese recorrido llega finalmente el momento. 

El público está entrando. 

La obra está preparada. 

Los actores conocen sus personajes. 

Podría pensarse que después de tantos años ese instante deja de ponerme nerviosa. 

No. 

Puro nervio. 

Incluso cuando la obra ya ha sido estrenada. 

Incluso si es una reposición. 

Incluso con los mismos actores. 

Porque falta alguien. 

El público. 

Y ese encuentro nunca es exactamente igual. 

Me ha ocurrido representar la misma obra, con los mismos actores y el mismo día, una vez por la mañana ante un público joven y otra por la noche ante un público diferente. 

Las reacciones pueden ser completamente distintas. 

Una risa aparece donde antes hubo silencio. 

Una escena parece tocar algo diferente. 

El público cambia y, de alguna manera, la obra vuelve a cambiar con él. 

Quizá por eso sigo sintiendo esos nervios. 

Porque después de todo lo escrito, ensayado, corregido, eliminado, discutido y aprendido, todavía queda algo que ninguno de nosotros puede controlar. 

Ese encuentro. 

Se apagan las luces de la sala. 

Durante unos segundos todo queda en silencio. 

Y el telón vuelve a subir. 

Una nueva experiencia. 

Un nuevo amanecer. 

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