Los guardianes del arte que vendrá

Marta Bernarda hablando al público desde el escenario antes de una función

Yo no tenía vocación educativa

Yo no he tenido nunca vocación educativa.

Puede parecer extraño decirlo después de tantos años hablando con los más jóvenes y encontrándome con estudiantes en teatros, escuelas y universidades.

Pero así fue.

Lo que descubrí fue otra cosa.

Descubrí que me gusta hablar con los más jóvenes.

Me gusta contarles cosas.

Y, sobre todo, me gusta llenarme de su energía.

No fue algo que decidiera de antemano. No pensé: voy a dedicarme a acercar el teatro a los más jóvenes.

Simplemente empezamos a encontrarnos.

Y con el tiempo comprendí que en aquellos encuentros estaba sucediendo algo que iba mucho más allá de una función.

Crear un público futuro

Cuando comenzamos con El Ojo de la Sibila también necesitábamos encontrar público para el teatro que queríamos hacer.

Y los más jóvenes estaban ahí.

Muchos de aquellos primeros espectadores eran estudiantes. Venían a ver nuestras obras, conocían nuestras historias y entraban en contacto con un teatro que quizá no formaba parte todavía de su vida cotidiana.

En aquel momento uno podía pensar que lo importante era conseguir que entraran al teatro.

Que ocuparan una butaca.

Que vieran la función.

Pero los años me enseñaron que estaba ocurriendo algo más.

Estábamos creando un público futuro.

Veinte años después

Algunos de aquellos jóvenes que comenzaron viéndonos hace más de veinte años hoy son profesionistas.

Son médicos.

Son padres y madres de familia.

Han construido sus vidas.

Y se acuerdan.

A veces nos paran por la calle y nos preguntan por una obra que vieron hace veinte años.

O hace quince.

O hace diez.

Eso me sigue impresionando.

Porque una función termina.

Se encienden las luces de la sala, el público se levanta, los actores se quitan el vestuario y el escenario vuelve a quedarse vacío.

Pero no sabemos qué se lleva cada persona cuando sale del teatro.

Marta Bernarda con dos asistentes que sostienen ejemplares de El Decamerón después de una función

A veces pasan muchos años antes de descubrirlo.

Y de pronto alguien se acerca y te habla de aquella obra.

La recuerda.

Algo quedó.

El teatro necesita espectadores

Con los años también fui comprendiendo algo que me parece fundamental.

Las artes no sobreviven solamente porque existan artistas que quieran seguir creando.

Necesitan a alguien al otro lado.

Necesitan personas que entren a un teatro.

Que visiten un museo.

Que vayan al ballet.

Que compren una entrada.

Que quieran estar ahí.

Porque cuando alguien paga un boleto para entrar a un museo también está contribuyendo a que las obras de ese museo puedan conservarse.

Cuando alguien compra una entrada para ver ballet está ayudando a que pueda seguir haciéndose ballet.

Y cuando alguien decide sentarse en una butaca para ver teatro está formando parte, aunque quizá no lo sepa, de la posibilidad de que el teatro continúe existiendo.

El público no está fuera del arte.

También lo sostiene.

Lo que protegemos hoy

Por eso, cuando hablo con los más jóvenes, intento que comprendan lo valiosos que son.

No solamente como espectadores de una función que está ocurriendo en ese momento.

También por lo que representan para el futuro.

Muchas veces les digo que ellos son los guardianes del arte que sus hijos van a consumir dentro de muchos años.

Me importa que comprendan la importancia de conservar ese acervo.

Que se sientan orgullosos de entrar a un teatro, a un museo, a una sala de conciertos.

Que sepan que estar allí también significa participar.

Porque aquello que una sociedad decide mirar, escuchar y conservar dice mucho de aquello que quiere llevar consigo hacia el futuro.

Los guardianes del arte que vendrá

Tal vez por eso aquella relación con los más jóvenes terminó significando para mí mucho más de lo que imaginé al principio.

Yo no tenía vocación educativa.

Encontré personas con las que me gustaba hablar.

Personas cuya energía también me alimentaba a mí.

Algunas entraron a un teatro siendo estudiantes.

Hoy son adultos.

Y algunos de ellos todavía recuerdan una historia que vieron sobre un escenario hace muchos años.

Quizá algún día lleven a sus hijos.

Quizá entren juntos a otro teatro.

Quizá vean otra historia.

Y entonces ese hilo que comenzó hace tantos años seguirá avanzando un poco más.

Porque el arte necesita artistas que lo creen.

Pero también necesita personas que quieran encontrarse con él.

Personas que lo recuerden.

Que regresen.

Que lo sostengan.

Y que, llegado el momento, lo entreguen a quienes vienen detrás.

Ellos son los guardianes del arte que vendrá.

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