¿Por qué seguimos volviendo a los clásicos?

Escena de Decamerón, producción teatral de Marta Bernarda

Una ciudad atravesada por una enfermedad que no distingue entre ricos y pobres. Muerte, miedo, aislamiento. Familias que han perdido a seres queridos. Personas que intentan protegerse mientras el mundo que conocían parece haberse detenido. 

Y, en medio de todo aquello, un grupo de jóvenes decide alejarse de la ciudad. Para sobrellevar lo que ocurre fuera, se reúnen y comienzan a contarse historias. Historias divertidas, ingeniosas, eróticas, absurdas. Historias que les permiten reír cuando alrededor parece haber demasiadas razones para no hacerlo. 

Podríamos estar hablando de algo que vivimos hace muy poco. Seguro recuerdas la reciente Pandemia de los años 2020-2021. ¿Verdad que sí? 

Pero estamos en la Florencia del siglo XIV. 

Es el mundo con el que Giovanni Boccaccio abre el Decamerón. 

Cuando llevamos esta obra al escenario después de haber vivido nuestra propia pandemia, esa distancia de casi siete siglos parecía acortarse de repente. El público conocía ya, de una manera demasiado cercana, muchas de las emociones que atravesaban aquella historia: la vulnerabilidad, la pérdida, el miedo. 

Pero también reconocía otra cosa. 

La necesidad de seguir viviendo. 

De reír. 

De contar historias. 

Durante la función podíamos ver cómo el público pasaba de la emoción a la risa. Cómo se reconocía en aquellos personajes pícaros, juguetones, contradictorios. Porque una crisis puede cambiar las circunstancias, pero no necesariamente cambia lo que somos. 

Y entonces aparece una pregunta que me acompaña desde hace mucho tiempo: 

¿Por qué seguimos volviendo a los clásicos? 

Seguimos siendo nosotros 

Han pasado siglos desde Homero, Ovidio o Boccaccio. Nuestro mundo sería irreconocible para ellos. 

Sin embargo, cuando regreso a sus historias no encuentro piezas de museo. 

Encuentro espejos. 

Cambia la tecnología, cambian nuestras ciudades, nuestra manera de comunicarnos y hasta las palabras con las que explicamos lo que sentimos. Pero los seres humanos seguimos enfrentándonos al amor, al miedo, a la pérdida, al deseo, a los celos, a la ambición, a la necesidad de pertenecer o al deseo de regresar a casa. 

Quizá por eso podemos encontrarnos todavía en personajes que nacieron hace cientos o miles de años. 

Pienso, por ejemplo, en Odiseo. 

Después de la guerra tarda diez años en regresar a Ítaca. Pero volver a casa no significa simplemente llegar. Después de todo lo vivido tiene que encontrar nuevamente su lugar, recuperar vínculos, volver a ser esposo y padre. 

¿Cuántas veces alguien regresa de una experiencia que lo ha transformado y descubre que volver al mismo lugar no significa volver a ser el mismo? 

Y pienso de nuevo en Boccaccio. 

Sus jóvenes huyen de la peste y, frente a la posibilidad constante de la muerte, cuentan historias. Se ríen, desean, se burlan, exageran, inventan. 

Siglos después, durante nuestros propios confinamientos, también buscamos maneras de soportar la incertidumbre. Nos refugiamos en películas, series, conversaciones, humor, historias. 

El escenario cambia. 

Nosotros, quizá, no tanto. 

Eso es algo que me fascina de los clásicos: sus personajes pueden ser heroicos, mezquinos, valientes, cobardes, generosos, egoístas, enamorados o crueles. 

A veces todo eso dentro de la misma persona. 

No están ahí necesariamente para juzgarnos. 

Están ahí para retratarnos. 

Si la partitura ya está escrita… 

Hay otra pregunta que inevitablemente aparece cuando trabajas con estas obras. 

Si la partitura ya está escrita, ¿para qué volver a tocarla? 

¿Por qué otra Odisea? 

¿Por qué regresar a Ovidio? 

¿Por qué volver a Boccaccio si esas historias ya han sido contadas tantas veces? 

Para mí, la clave no está solamente en la historia que recibimos, sino en lo que esa historia es capaz de decir en el momento en que volvemos a contarla. 

Los mitos y los clásicos tienen algo de esqueleto. 

Poseen estructuras extraordinariamente sólidas que han conseguido atravesar siglos, pero también contienen espacios que cada generación puede llenar con sus propios miedos, preguntas, obsesiones y valores. 

Por eso volver no significa repetir. 

Cada época mira de manera diferente. 

Y cada creador también. 

Cuando trabajo con un clásico intento cuidar dos fidelidades: la fidelidad al texto y la fidelidad a su espíritu. Pero no siempre ser fiel significa conservar cada palabra exactamente como fue escrita. 

A veces ocurre justamente lo contrario. 

En Decamerón, por ejemplo, me interesaba que el espectador actual pudiera sentir algo de la irreverencia, la picardía y la complicidad que contienen esas historias. Si el lenguaje se convierte en una barrera que mantiene al público a distancia, podemos conservar las palabras y, sin embargo, perder aquello que hacía que la obra estuviera viva. 

Por eso, en ocasiones, para conservar el espíritu hay que atreverse a transformar. 

No para convertir un clásico en otra cosa. 

Sino para permitir que vuelva a suceder. 

Cuando desaparecen los siglos 

Y después llega el teatro. 

Una cosa es leer una historia escrita hace siglos. 

Otra es colocarla sobre un escenario, dentro de un cuerpo, darle una voz y hacer que ocurra delante de personas que están respirando en la misma sala. 

Ahí los clásicos se someten a una prueba maravillosa. 

Tienen que vivir ahora. 

En nuestro Decamerón, por ejemplo, los actores rompían la distancia con el público. Miraban a los espectadores de las primeras filas, compartían secretos con ellos, los hacían cómplices de sus picardías. 

Entonces sucedía algo que siempre me ha interesado especialmente. 

La barrera del tiempo desaparecía. 

De pronto aquello dejaba de sentirse como una obra del siglo XIV y se convertía casi en un chisme que alguien te está contando al oído hoy. 

Y en ese momento ya importa poco cuándo fue escrita la historia. 

El espectador deja de preguntarse por Boccaccio y empieza a reconocer al pícaro, al enamorado, al hipócrita, al que tiene miedo, al que desea algo que no debería desear. 

O, peor todavía, se reconoce a sí mismo. 

Creo que ahí ocurre algo esencial. 

El clásico deja de ser antiguo en el preciso momento en que alguien sentado frente al escenario piensa: 

Yo también he sentido eso. 

Léelos por puro egoísmo 

A veces imagino a un adolescente preguntándome: 

—Marta, esas historias fueron escritas hace cientos o miles de años. ¿Qué tienen que ver conmigo? 

Probablemente la miraría, sonreiría y le diría que tienen que ver con ella mucho más de lo que imagina. 

Las aplicaciones cambian. La tecnología se actualiza continuamente. Pero nuestro cerebro, nuestro corazón y hasta nuestro cuerpo llevan mucho más tiempo sin recibir una actualización de software. 

Seguimos enamorándonos. 

Seguimos sintiendo celos. 

Seguimos teniendo miedo de perder. 

Seguimos queriendo marcharnos y, a veces, queriendo volver. 

Seguimos intentando descubrir quiénes somos. 

Por eso nunca le diría a alguien joven que leyera a los clásicos simplemente por respeto al pasado. 

Ni porque sean importantes. 

Ni porque alguien decidió incluirlos en un programa escolar. 

Le diría algo mucho más sencillo: 

Léelos por puro egoísmo. 

Porque algún día puedes sentir que nadie comprende tu rabia, tus celos, tu primer corazón roto o esas ganas inexplicables de escapar de todo. 

Y quizá entonces abras un libro escrito hace dos mil años. 

Y al otro lado encuentres a alguien diciéndote: 

«Te entiendo perfectamente. Yo estuve ahí».  

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